El último día amaneció con un sabor amargo para Lissandro. La luz entraba tímida por las cortinas del dormitorio, y Anna seguía dormida, desnuda entre las sábanas, con su pierna enredada en su cintura y el rostro sereno apoyado en su pecho. Por un instante, él quiso creer que el tiempo se había detenido, que la vida entera podía resumirse en esa imagen: ella, suya, entregada, confiada.
Pero sabía la verdad. El reloj avanzaba, y con cada minuto se acercaba el final.
Se levantó despacio, la cubri