La oficina del puerto olía a tabaco y a madera vieja. Lissandro estaba rodeado de sus hombres, de pie frente al ventanal que daba hacia los muelles. Desde allí podía ver las grúas moviéndose, los contenedores bajando y subiendo, los barcos entrando y saliendo bajo la bandera de San Marco Enterprises.
—Jefe —dijo Joaquín, su mano derecha, entregándole una carpeta—. Los muelles de la empresa de su hermano están funcionando de maravilla. Ya llevamos más de veinte barcos en solo dos semanas.
Lissa