El aire olía a hierro, sudor y miedo.
Lissandro avanzaba por el pasillo de piedra con paso firme, el sonido de sus pasos resonando en la penumbra.
Dos hombres custodiaban la puerta al fondo del corredor.
Cuando lo vieron acercarse, se enderezaron de inmediato y se apartaron sin decir palabra.
Dentro, los gritos eran inconfundibles.
—¡Te dije, gemelo malvado, el alcohol es mejor! —se escuchó la voz animada de Cristian.
—No, el ácido hace que grite más —respondió Leandro con una sonrisa macabra.