El aire olía a hierro, sudor y miedo.
Lissandro avanzaba por el pasillo de piedra con paso firme, el sonido de sus pasos resonando en la penumbra.
Dos hombres custodiaban la puerta al fondo del corredor.
Cuando lo vieron acercarse, se enderezaron de inmediato y se apartaron sin decir palabra.
Dentro, los gritos eran inconfundibles.
—¡Te dije, gemelo malvado, el alcohol es mejor! —se escuchó la voz animada de Cristian.
—No, el ácido hace que grite más —respondió Leandro con una sonrisa macabra.
—Pero con el alcohol se desinfecta, así podemos seguir jugando.
Lissandro abrió la puerta y el olor metálico lo golpeó de lleno.
La escena ante él parecía salida del infierno.
Renzo colgaba de los pies, el cuerpo en carne viva, las heridas abiertas por haber sido arrastrado por toda la isla por Leandro la noche que rescataron a Anna.
A un lado, Leandro sostenía un frasco de ácido; al otro, Cristian uno de alcohol.
Ambos lo vertían por turnos sobre su piel, provocando que el bastardo soltara gemi