El orfanato respiraba calma esa tarde.
El sol caía por las ventanas grandes del salón principal, dorando los pasillos, el murmullo de los niños y el sonido lejano de un piano en práctica.
Anna estaba en la oficina de Laura, revisando unos informes de donaciones, cuando una sombra apareció en el marco de la puerta.
—Disculpe, ¿Annabel? —dijo una voz masculina, profunda, modulada con cortesía.
Anna levantó la vista, y el aire pareció quedarse quieto.
El hombre sonreía con educación, traje gris, c