El bullicio del público aún resonaba en los pasillos.
Los aplausos, las risas, las voces emocionadas… todo se mezclaba con el sonido lejano de las copas brindando y la orquesta despidiéndose.
Galadriel caminó lentamente hacia su camerino, los tacones repicando sobre el mármol.
Llevaba todavía su vestido plateado, el cabello suelto cayendo en ondas perfectas por su espalda.
Al llegar, cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda en ella, dejando escapar una sonrisa satisfecha.
—Hola, muchacho —dijo con voz suave, sin necesidad de voltear— ¿Cómo has estado?
Desde las sombras, Lissandro emergió con una media sonrisa.
Su presencia llenó el lugar de inmediato, con esa mezcla de elegancia y peligro que lo caracterizaba.
—Bien —respondió—. Fue una sorpresa cuando Cristian me contó el plan de su propuesta. Jamás imaginé que te volvería a ver.
Galadriel giró lentamente, la sonrisa aún en los labios.
—Yo no olvido los favores, mi niño —respondió con cariño— Y ese día en que me salvaste… aún lo