El bullicio del público aún resonaba en los pasillos.
Los aplausos, las risas, las voces emocionadas… todo se mezclaba con el sonido lejano de las copas brindando y la orquesta despidiéndose.
Galadriel caminó lentamente hacia su camerino, los tacones repicando sobre el mármol.
Llevaba todavía su vestido plateado, el cabello suelto cayendo en ondas perfectas por su espalda.
Al llegar, cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda en ella, dejando escapar una sonrisa satisfecha.
—Hola, muchacho —