Había pasado un mes desde aquella noche oscura.
El tiempo no había borrado el dolor de Anna, pero al menos había logrado respirar sin romperse.
Se refugiaba cada día en el orfanato, rodeada de risas, dibujos y manos pequeñas que le recordaban que todavía había luz en el mundo.
Lissandro no la dejaba sola ni un segundo.
Cada vez que ella se internaba en el trabajo con las niñas, él instalaba su laptop en una esquina y vigilaba sus correos, rastreos y cámaras.
Mientras Anna enseñaba a pintar o se