En una oficina elegante, las luces del atardecer se reflejaban en el cristal de un ventanal.
Un hombre observaba las noticias con un vaso de whisky entre los dedos. La imagen de los hermanos San Marco llenaba la pantalla.
—¿Cómo es posible que nadie sepa dónde está mi padre? —gruñó, apretando el vaso hasta casi romperlo—. Él no puede simplemente desaparecer.
—Señor —dijo uno de sus hombres, con la cabeza gacha—, le dijimos a Rinaldi que saliera del país, pero no nos hizo caso. Lo último que sup