El sol del mediodía se filtraba por las cortinas del dormitorio, llenando la habitación de una luz suave.
Lucía descansaba sobre la cama, con una manta ligera cubriéndola y una taza de té en la mesita.
A su lado, Joaquín no dejaba de revisar cada detalle: la almohada, el vaso de agua, la temperatura del té.
—Amor, por favor, siéntate un segundo —dijo ella riendo—. Me estás poniendo nerviosa, me mareas más que la anemia.
—No puedo. Si me siento, pienso. Y si pienso, me preocupo —respondió Joaquí