VITTORIO FERRER
El despacho estaba hecho trizas.
Las cortinas de lino carísimo estaban rasgadas. Una lámpara de mármol yacía destrozada contra el suelo, reducida a esquirlas. La alfombra persa tenía manchas de vino, whisky… y sangre. Su propia sangre, de los nudillos abiertos tras golpear la pared.
Vittorio Ferrer caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. El ceño fruncido, las venas tensas en el cuello, la respiración agitada. Un cigarro a medio consumir colgaba de sus labios, tembla