—Nada… me golpeé… —respondió él, sin mirarla.
—No mares idiota. Te conozco, Lanzarote. Esa herida es un puñetazo. ¿Te metiste en problemas en la reunión sin que me diera cuenta? Solo me voy con mis amigas a tomar café y dialogar y tú te metes en problemas.
—Déjalo, Teresa. Ya quiero llegar —murmuró, cerrando los ojos y recostando la cabeza en el vidrio.
Ella frunció el ceño, giró la vista al camino y no dijo nada más. Pero su mente hervía de sospechas.
En la camioneta negra de Xavier, el silenc