La primera vez que Ariel vio a Mailen, ella estaba sentada sola en una mesa de la cafetería universitaria. Su cabello rubio deslumbrante caía en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de belleza etérea. Sus ojos, de un azul tan claro como un cielo de verano, contrastaban con sus mejillas sonrosadas y unos labios rojos que parecían esculpidos por un artista.