Mundo ficciónIniciar sesiónLas lágrimas de la señora Gisela corren libremente por su rostro arrugado. La anciana lucha por hablar desde su debilidad.
—Debí dejar que los chicos revisaran todo. Que se quedaran con nosotras, pero no lo hice, no lo hice... Perdóname, Camelia, hija, perdona a mi familia que tanto daño te ha hecho, perdón, perdón... —las palabras se van apagando mientras el agotamiento la vence. —Cálmate, abuel






