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Capítulo 1. El Sonido del Silencio

                                                                         ‿‿‿‿

El blanco no es simplemente un color; es un vacío. Eso fue lo primero que Valeria entendió cuando sus párpados, tan pesados como plomo, se abrieron solo unos milímetros. No hubo un despertar de película ni un suspiro de alivio. Solo una luz fluorescente que se filtraba en sus ojos como agujas de cristal y un pitido monótono, rítmico, que parecía marcar el latido de un mundo que ya no reconocía.

Intentó mover la mano, pero sus dedos se sentían como ramas secas listas para romperse. Su garganta era un desierto de arena y cal. Quiso gritar, preguntar dónde estaba, pero las palabras quedaron atrapadas en sus cuerdas vocales oxidadas.

—Tranquila, no lo intentes todavía —dijo una voz.

Era profunda, aterciopelada, pero había una vibración que le erizaba el vello de la nuca. Valeria giró la cabeza lentamente, con agonía. Junto a la cama, en una silla de cuero que parecía haber sido su hogar durante siglos, estaba un hombre.

Era apuesto, de una manera severa. Su cabello oscuro tenía hilos de plata en las sienes y llevaba un traje impecable que contrastaba con la miseria del entorno hospitalario. Cuando él notó que ella lo miraba, una sonrisa se dibujó en su rostro. Una sonrisa perfecta, ensayada, pero Valeria se dio cuenta de algo que le heló la sangre: la calidez de sus labios no se reflejaba en sus ojos. Esas órbitas oscuras eran frías, observándola como un coleccionista examina una pieza de porcelana recién restaurada.

—Valeria... —susurró, acercándose y tomando su mano entre las suyas—. Has vuelto. Dios mío, después de tanto tiempo.

Ella intentó articular una palabra, una sola.

—¿Quién?

Él pareció leerle la mente. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal con un perfume a sándalo y algo metálico, como el olor de la lluvia sobre el asfalto.

—Soy Rafael, tu esposo —dijo, apretando su mano con una firmeza que casi dolía—. Llevas quince años durmiendo, amor. El mundo siguió sin ti... pero yo nunca me fui. Estuve aquí, cada día, esperando este milagro.

                                                                         ‿‿‿‿

¿Quince años? La cifra golpeó a Valeria como si la hubieran golpeado con un mazo. En su mente, el último recuerdo era un borrón de colores y sensaciones, pero nada que sugiriese una década y media de vacío. Intentó asimilar la información, pero su cerebro se sentía como una biblioteca en llamas; solo quedaban cenizas y páginas sueltas flotando.

Rafael se levantó para servir un vaso de agua, moviéndose con una elegancia depredadora. Mientras él estaba de espaldas, Valeria miró su propia mano. En su dedo anular brillaba un anillo de platino con un diamante solitario. Era hermoso, costoso, pero al tocarlo con el pulgar, sintió una punzada de rechazo visceral. La piel debajo del metal era pálida y hundida. El anillo no se sentía como una promesa; era un grillete.

—Bebe un poco —dijo Rafael, sosteniendo el vaso con una pajita cerca de sus labios.

Ella bebió, sintiendo cómo el agua raspaba su garganta. Al recuperar algo de fuerzas, su mirada exploró la pequeña habitación. En la mesita de noche, junto a un monitor de signos vitales que emitía un brillo azulado, había un portarretratos de plata.

En la foto, una Valeria más joven y radiante sonreía a la cámara. Rafael estaba a su lado, abrazándola con posesión absoluta. Sin embargo, al fijarse, Valeria notó un detalle perturbador. El borde derecho de la fotografía estaba rasgado de manera irregular, como si alguien hubiera sido violentamente arrancado de la imagen.

—¿Qué... pasó? —logró articular Valeria. Su voz sonaba como el roce de dos piedras.

Rafael dejó el vaso y acarició su mejilla. Sus dedos eran inusualmente fríos.

—Un accidente, mi vida. Una noche lluviosa, un conductor imprudente... perdiste el control del coche. Casi te pierdo para siempre. Pero eso ya no importa. Ahora estás aquí. Mi paciencia por fin ha tenido su recompensa.

                                                                         ‿‿‿‿

Esa noche, cuando Rafael finalmente se retiró tras las insistencias de las enfermeras, el silencio del hospital se volvió opresivo. Valeria cerró los ojos, pero no pudo encontrar descanso. En cuanto la oscuridad la envolvió, las grietas de su memoria comenzaron a supurar.

FLASHBACK

El cielo se desploma en cortinas de agua gris. El parabrisas es una mancha borrosa de luces rojas y blancas. Valeria siente el volante vibrar bajo sus manos, pero no hay control. A su lado, el asiento del copiloto está... ¿vacío? No, hay alguien. Hay una risa, o quizás un grito de advertencia.

De repente, un ruido ensordecedor. El metal se retuerce. El coche da vueltas, el mundo gira, y el tiempo se detiene en un fragmento de cristal que vuela hacia su rostro.

Valeria está en el suelo, fuera del coche. El olor a gasolina y tierra mojada es asfixiante. Sus dedos rasguñan el asfalto frío. Intenta mirar hacia atrás, pero unas manos fuertes la sujetan por los hombros. No son manos que la ayudan, sino que la arrastran. La arrastran lejos de la luz, hacia la oscuridad de los árboles.

—No puedes dejarme —susurra una voz cerca de su oído, una voz que suena como la de Rafael, pero despojada de su máscara de cortesía—. Eres mía, Valeria. Hasta que la muerte nos separe, y yo no te he dado permiso para morir.

Cerca de ella, tirado en el barro, ve un reloj de pulsera con la esfera rota. Las manecillas se han detenido a las 10:14. Un objeto que no pertenece a Rafael. Un objeto que ella reconoce con un amor que le desgarra el pecho.

                                                                            ‿‿‿‿

Valeria despertó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. Estaba empapada en sudor frío. El monitor de ritmo cardíaco comenzó a pitar frenéticamente, alertando a la estación de enfermería.

Una enfermera entró corriendo, seguida por pasos pesados en el pasillo. Rafael no se había ido. Estaba allí, en el umbral de la puerta, observándola con una intensidad que no tenía nada de devoción, sino más bien de vigilancia.

—¿Otra pesadilla, amor? —preguntó, acercándose a la cama mientras la enfermera revisaba sus constantes—. Es normal. El cerebro tarda en reajustarse después de tanto tiempo en la oscuridad.

Valeria no respondió. Se limitó a mirar la foto rasgada en la mesita de noche. El dolor físico de sus heridas sanadas hace años no era nada comparado con el vacío en su memoria. Sabía, con una certeza instintiva y aterradora, que el hombre que la tomaba de la mano no era su salvador.

Rafael se inclinó y le dio un beso frío en la frente.

—Descansa. Mañana empezaremos tu rehabilitación. Tenemos una vida entera que recuperar. Una vida que diseñé especialmente para nosotros.

Cuando él se alejó, Valeria volvió a tocar el anillo. Esta vez, notó algo que no había visto antes. En el interior de la banda de platino había una inscripción. Con un esfuerzo, giró el anillo hacia la luz de la luna que entraba por la ventana.

No decía "Rafael y Valeria". La inscripción, medio borrada por el roce de los años, apenas permitía leer tres letras que no coincidían con el nombre de su esposo.

Valeria cerró el puño, ocultando el secreto bajo su sábana. El silencio de la habitación ya no era de paz, sino el de una tumba recién abierta. Y ella estaba decidida a averiguar quién más estaba enterrado en ella.

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