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Capìtulo 2. La Casa que no es un Hogar

                                                                         ‿‿‿‿

El trayecto desde el hospital se sintió como un desenfoque de imágenes. Valeria miraba a través de la ventanilla del lujoso coche, como si el mundo exterior fuera una película que iba demasiado rápida para ella. Los rascacielos parecían aún más altos, las pantallas en las calles, más brillantes, y la gente caminaba con una prisa que le resultaba abrumadora. Rafael conducía en silencio, con una mano sobre el muslo de Valeria. Esa presión constante, que pretendía mostrar cariño, a ella le parecía más bien una marca de propiedad.

—Ya casi llegamos, amor —dijo él, sin apartar la vista de la carretera—. Verás que todo está igualito a como lo dejamos. He mantenido cada detalle intacto para ti.

Al cruzar las enormes puertas de hierro de la mansión, Valeria sintió una opresión en el pecho. La casa era una imponente estructura de mármol y cristal, una joya de la arquitectura moderna en la cima de una colina. Era hermosa, eso no se podía negar, pero le faltaba alma. No había flores silvestres ni el desorden natural de un hogar. Más bien, parecía un mausoleo diseñado para mostrar riqueza, no para albergar vida.

Al entrar, un grupo de sirvientes estaba alineado en el vestíbulo. Sus rostros, máscaras de cortesía profesional, tenían algo inquietante. Rafael avanzaba a su lado, como un rey que regresa a su trono con su trofeo, y los ojos del personal evitaban los de Valeria. Una de las criadas, una mujer joven que se retorcía las manos, la miró apenas un momento. No había alegría en su mirada por su recuperación, sino una tristeza tan profunda que le hizo el corazón un nudo.

—¡Bienvenidos, señor! —dijeron al unísono.

Rafael asintió con un gesto seco. —Prepárense la cena en la terraza. La señora necesita aire fresco.

Mientras Rafael atendía una llamada 'urgente' en su despacho, Valeria comenzó a pasear por los pasillos. El eco de sus pasos sobre el mármol era el único sonido que rompía el silencio sepulcral. Se detuvo frente a una pared en la sala principal y sintió un escalofrío.

Había retratos. Docenas de ellos. Todos mostraban a Valeria: leyendo en un jardín, mirando por una ventana, durmiendo. Eran fotografías y óleos con una técnica impecable, pero había algo profundamente perturbador en ellos. En cada imagen, ella no miraba a la cámara de manera natural. Parecían fotos robadas, momentos capturados sin su consentimiento. Ella no recordaba haber posado para esos cuadros. Era como si Rafael hubiera pasado años construyendo un santuario a una versión de ella que él mismo había creado.

Se sintió asfixiada. Necesitaba escapar de esas miradas fijas de sus propias versiones retratadas. Buscando una salida, o quizás simplemente una distracción, encontró una pequeña puerta de madera al final de un pasillo de servicio. Sin pensarlo demasiado, la abrió y subió por una escalera de caracol que conducía al ático.

El ático era el único lugar que no había sido tocado por la mano obsesiva de Rafael. Aquí, el aire era denso, cargado de polvo y el olor dulce de la madera vieja. Había muebles cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas esperando ser despertados.

Valeria caminó entre las sombras hasta que algo, un destello de color entre dos armarios, le llamó la atención. Apartó una lona gris y descubrió un cuadro que no encajaba con el resto de la decoración de la mansión.

No era un retrato frío. Era un paisaje al óleo, pintado con pinceladas vibrantes y llenas de luz. Representaba una hacienda antigua con paredes de adobe blanco, techos de teja roja y un campo infinito de flores amarillas bajo un cielo de un azul casi irreal. En la entrada de la casa, tallado en la madera del marco, había un nombre: 'La Promesa'.

Al leer el nombre, una descarga eléctrica recorrió la columna de Valeria. La Promesa. No solo era un lugar; era un sentimiento. Era el aroma del café recién hecho, el sonido de los caballos al amanecer, el calor del sol de su infancia.

Extendió la mano y tocó la superficie rugosa del cuadro. En el instante en que sus dedos rozaron la pintura de la hacienda, un dolor agudo, como un clavo ardiente, le atravesó la sien. Valeria cerró los ojos con fuerza, tambaleándose.

De repente, el silencio del ático fue interrumpido por una voz. No era la voz de Rafael. Era una voz masculina, joven, llena de una urgencia desesperada que le sonaba dolorosamente familiar.

—Corre, Vale. No mires atrás... —susurró la voz en su mente—. Pase lo que pase, no dejes que te atrape.

—¿Quién eres? —jadeó ella, abrazando el cuadro contra su pecho.

—Es una basura del pasado.

La voz de Rafael, real y fría, la trajo de vuelta a la realidad. Valeria dio un respingo, soltando el cuadro, que cayó al suelo con un golpe seco. Rafael estaba de pie en la entrada del ático, con su figura oscureciendo la luz que entraba por la escalera. Su presencia parecía absorber todo el calor de la habitación.

Se acercó a ella con pasos lentos y pesados. Sus ojos no estaban en Valeria, sino en el lienzo. Una expresión de asco y furia contenida deformó su rostro habitualmente sereno.

—¿Qué haces aquí arriba? —preguntó él. Su tono era suave, pero había un peligro latente en cada sílaba.

—Yo... solo buscaba... —Valeria retrocedió y chocó con un baúl—. Este cuadro, Rafael. Es mi casa. Es La Promesa. ¿Por qué está aquí escondido?

Rafael se agachó y recogió el cuadro con un movimiento brusco. Sus dedos se aferraron al marco de madera.

—Ese lugar ya no existe, Valeria —dijo él, mirándola fijamente. Sus ojos, inyectados de sangre, estaban llenos de furia contenida—. No es más que un montón de cenizas y recuerdos inútiles.

—Pero la voz... recordé algo... —insistió ella, sintiendo que las lágrimas comenzaban a asomarse.

Rafael dio un paso hacia ella, la arrinconó. Su mano libre se cerró sobre el brazo de Valeria, no con fuerza física, sino con una intensidad psicológica que la paralizó.

—No recordaste nada. Son alucinaciones, residuos del coma. Los médicos advirtieron que tu mente trataría de rellenar los huecos con fantasías —hizo una pausa y su voz se tornó un susurro venenoso—. Esa hacienda se quemó. Y él... el dueño de esa voz que crees escuchar... también murió. Ni el lugar existe, ni él existe. Solo existimos nosotros. ¿Lo entiendes?

Valeria asintió, aunque en su interior todo su ser gritaba que él mentía. Rafael, con un movimiento brusco, arrancó la tela del bastidor del cuadro con sus propias manos, desgarrando el paisaje de La Promesa en tiras de lienzo inservibles.

—Vamos abajo —ordenó, recuperando su máscara de esposo devoto al instante—. La cena se está enfriando. Y mañana, un decorador vendrá a deshacerse de toda esta basura del ático. No quiero que nada perturbe tu recuperación.

Él la llevó hacia la salida, pero antes de bajar, Valeria lanzó una última mirada a los restos del cuadro en el suelo. Entre los jirones de pintura, creyó distinguir un pequeño detalle que antes le había pasado desapercibido: en una esquina de la hacienda, había una figura diminuta, un hombre con un reloj de pulsera que brillaba al sol.

El mismo reloj del que había tenido el flashback. El mismo reloj con la esfera rota.

Rafael la llevó fuera del ático y cerró la puerta con llave detrás de ellos. Mientras bajaban las escaleras, Valeria se hizo una promesa silenciosa: si Rafael se esforzaba tanto en borrar su pasado, era porque esa era la única cosa que podía salvarla de él.

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