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Hacienda "La Promesa" – Hace 15 años
La lluvia golpeaba con furia los cristales de la camioneta. El motor rugía, pero no tanto como el corazón de Valeria. En el asiento del copiloto, Bruno apretaba su mano con una fuerza desesperada. Tenían veinte años, una maleta llena de ropa vieja en el maletero y un fajo de billetes robados de la caja fuerte del padre de Valeria.—Si nos atrapan, estoy muerto, Vale —susurró Bruno, con los ojos fijos en el camino lodoso—. Tu padre nunca va a perdonar que me lleve a su joya más preciada.
—No nos van a atrapar —respondió ella, con una sonrisa que mezclaba el terror y la euforia—. A partir de hoy, solo existimos tú y yo. Mañana seremos libres para siempre.
Pero la libertad duró solo un segundo. Unas luces cegadoras aparecieron de la nada en sentido contrario. Un chirrido de frenos, el olor a caucho quemado y el estruendo del metal retorciéndose. Luego, el silencio. Un silencio absoluto, interrumpido solo por el goteo de la gasolina y el eco de una última palabra que nunca llegó a salir de los labios de Valeria.
El Presente – Hospital de Especialidades
El monitor cardíaco emite un pitido rítmico, monótono, que ha sido la única banda sonora en la habitación 402 durante años. Rafael se sienta junto a la cama, impecable en su traje de lino, acariciando la mano lánguida de su esposa.—Ya es hora, Valeria —susurra él, con una voz que suena a devoción, pero esconde el filo de un puñal—. El mundo se olvidó de aquel muchacho, el hijo de la cocinera que te dejó morir para salvarse con el botín. Pero yo no. Yo te rescaté de los escombros. Yo te hice mi esposa aunque no pudieras decir "sí".
De pronto, los dedos de Valeria tiemblan. Sus párpados, pesados como el plomo, se agitan. Rafael se tensa. No es el milagro lo que busca, es el control.
Simultáneamente – Puerto de la Ciudad
Un hombre baja de un jet privado. No queda rastro del chico asustado que huyó bajo la lluvia. Su mirada es fría, sus hombros anchos, y su nombre ahora es Damián Ferrer. Observa el horizonte hacia donde se encuentra la hacienda que una vez fue su hogar y su infierno.En su mano sostiene un viejo reloj de bolsillo, el cristal roto por el impacto de hace quince años.
—Me culparon de tu muerte, Valeria —dice para sí mismo, con una voz endurecida por el odio—. Me hicieron creer que me habías traicionado antes del impacto. Pero he vuelto para cobrar cada mentira, cada cicatriz... y para ver cómo se derrumba el imperio de los que nos separaron.
A kilómetros de distancia, en la cama del hospital, los ojos de Valeria se abren de golpe. Están llenos de terror, pero sobre todo, de un vacío absoluto. No recuerda el accidente. No recuerda el robo. No recuerda a Rafael.
Pero cuando escucha el eco de la lluvia contra la ventana, un nombre cruza su mente como un relámpago, quemándole el alma: Bruno.
El juego ha comenzado. En el pasado se sembró la traición; en el presente, la tentación de la venganza lo destruirá todo.
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