A diez mil metros de altura, el mundo fiduciario del norte no era más que una cuadrícula difusa de luces moribundas sepultadas bajo una densa alfombra de nubes atlánticas.
En la cabina privada del jet de Volkov, la atmósfera permanecía sumida en una penumbra artificial, interrumpida únicamente por el parpadeo verde de los indicadores de presurización y el brillo pálido de las pantallas de navegación.
El ronroneo rítmico, sordo y constante de los motores turborreactores llenaba el espacio con un