El aire dentro de la antigua mansión Sinclair olía a encierro y a gloria marchita.
Las sábanas blancas cubrían los muebles como sudarios, dándole al salón principal la apariencia de un mausoleo.
Seraphina permanecía de pie junto al ventanal, observando el jardín donde alguna vez jugó bajo la mirada de su madre.
Hoy, el jazmín estaba seco, pero ella se sentía más viva que nunca.
Daniel apareció en el umbral, su figura recortada por la luz mortecina del pasillo.
Llevaba el auricular puesto y su m