La luz roja de la sala de reanimación se proyectaba sobre el pasillo del hospital como una herida abierta que se negaba a cicatrizar.
El letrero “En cirugía” era lo único que mantenía a Seraphina en pie, aunque sentía que el suelo bajo sus pies era de cristal fino a punto de estallar.
La madrastra, una maestra consumada en el arte de la manipulación escénica, no perdió ni un segundo para comenzar a “marcar la pauta”.
Se llevó un pañuelo de encaje al rostro, ocultando unos ojos que, aunque secos