La tarde en la mansión de los Blackwood se tiñó de una tensión artificial con la llegada del flamante coche de la madrastra y Serena.
Bajaron del vehículo con una elegancia ensayada, portando cestas de frutas exóticas y cajas de seda que ocultaban regalos costosos.
En apariencia, eran la viva imagen de la preocupación familiar, dos mujeres devotas visitando al patriarca convaleciente.
Pero para Seraphina, que las observaba desde el ventanal del segundo piso, su presencia era tan bienvenida como