El alba sobre el Santuario de los Cuatro Vientos no era como en otros lugares. El cielo no se teñía solo de dorado o escarlata, sino de colores imposibles: azul celeste líquido, trazos de lavanda que danzaban como cintas y reflejos verdes que solo aparecían ante ojos tocados por la magia. Pero esa mañana, Ysera no se detuvo a contemplarlo.
Vestía una armadura ligera de escamas oscuras, mezcla de metal encantado y placas dracónicas. Su capa ondeaba como un fragmento de tormenta atrapado al vient