El sexto amanecer desde que dejaron el Bastión de Ceniza trajo consigo un cielo turbio, sin sol ni lluvia. El grupo avanzaba a pie, en silencio, cubriendo terreno firme mientras la vegetación se volvía más densa, casi como un filtro natural que los alejaba del resto del mundo. Cada paso los acercaba más a los Valles de Nyr… y al tercer sello.
La piedra luminosa que el anciano druida había confiado a Adelia seguía latiendo suavemente en su mano, como una brújula arcana que pulsaba al ritmo de un