37: Las cenizas del orgullo
La bruja se desvanecía entre sombras, dejando tras de sí un silencio sepulcral en la sala del consejo de Luna Azul. Kael, el alfa, no dijo una palabra. Su pecho subía y bajaba con fuerza, su respiración enredada entre la furia y la impotencia. Nadie se atrevió a hablarle. Merek lo observó durante largos minutos, hasta que simplemente se dio media vuelta y salió, sin pronunciar juicio alguno. Sabía que Kael lo había entendido todo y que ese entendimiento dolía como un hierro ardiendo en el corazó