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🌸Addio al nubilato (Parte II)🌺

TAKESHI TSUKASA

El sudor recorría mi rostro, pegando los mechones de cabello húmedo a mi piel, mientras mi respiración agitada se escapaba en jadeos. Frente a mí, Kyoko sostenía su katana con la misma firmeza que yo; ambas hojas apuntaban al frente en un duelo silencioso. Nos mirábamos fijamente, intentando descifrar el siguiente movimiento antes de que el acero hablara.

El silencio se hizo añicos cuando Kyoko dio el primer paso. El acero de su katana silbó en el aire, buscando mi costado, y apenas logré bloquearlo a centímetros de mi piel. El impacto vibró por mis brazos, entumeciendo mis muñecas.

Formamos una danza de chispas y metal. Yo atacaba con desesperación, intentando aprovechar mi fuerza, pero ella era como el agua; fluida, inalcanzable y letal. Cada vez que mi hoja buscaba su pecho, Kyoko giraba sobre sus talones, dejando que mi propia inercia me traicionara.

Respirar ​se me dificultaba más. Lancé un tajo vertical, un golpe final que pretendía partir el aire, pero cometí el error que ella estaba esperando, sobreextendí mi hombro.

Con un movimiento circular casi imperceptible, Kyoko no bloqueó mi espada, sino que la acompañó, desviando mi fuerza hacia el suelo. Mi guardia quedó abierta por apenas una fracción de segundo. Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, sentí el frío del acero rozando mi garganta.

Kyoko se detuvo en seco. La punta de su katana descansaba sobre mi piel, justo en mi cuello. Ella ni siquiera parecía agitada; sus ojos, antes fríos, ahora mostraban una mezcla de respeto y victoria.

— Tu fuerza es admirable, Senpai — susurró Kyoko, mientras envainaba su arma en un movimiento perfecto.

Me quedé allí, inmóvil, sintiendo cómo el sudor se enfriaba en mi rostro. Había perdido por primera vez ante ella.

Ambos ajustamos nuestra postura y nos miramos. Kyoto inclinó su torso con rigidez, sus manos descansando a los costados. Yo hice lo mismo, bajando la cabeza en una reverencia profunda. En ese arco que dibujaron nuestros cuerpos, reconocimos el esfuerzo del otro y la lección aprendida en el campo de batalla.

— ¿Vendrás conmigo, Kyoko? — pregunté, mientras pasaba una toalla por mi cuello para secar el sudor.

— ¡No puedo hacerlo, Senpai! — exclamó ella, recuperando su postura — El Oyabun no ha dado su autorización — añadió, y juraría que hubo un rastro de amargura en su voz.

— Entiendo. Entonces, cuando regrese de Italia, será mi esposa quien me acompañe — murmuré.

Kyoto asintió, guardando silencio. Tras unos segundos, rompió la calma.

— ¿Senpai?

— Dime.

— ¿Cómo es ella... su prometida? — preguntó, intentando que la curiosidad sonara casual.

— No lo sé. Jamás la he visto, ni siquiera conozco su nombre — respondí, clavando la mirada en el vacío — Solo sé que es la heredera de la 'Ndrangheta.

El silencio que siguió a mis palabras fue sepultado por el estruendo de una puerta abriéndose. Los pasos pesados de un hombre en traje resonaron contra la madera del dojo.

— ​Tsukasa-sama — exclamó el guardaespaldas, haciendo una reverencia rápida — El avión privado de la 'Ndrangheta acaba de aterrizar en el sector privado del aeropuerto. Los emisarios italianos ya están en comunicación con el Oyabun.

Kyoko dio un paso atrás, recuperando su distancia profesional, mientras yo soltaba la toalla.

— Tenemos órdenes estrictas — continuó el hombre, sin levantar la vista — Debemos escoltarlo de inmediato a la Mansión Tsukasa. Tiene treinta minutos para recoger sus pertenencias. El coche espera en la entrada para llevarlo.

Miré a Kyoko por última vez. Ella mantenía la mirada baja, pero sus nudillos blanqueaban al apretar la empuñadura de su arma.

— Parece que mi tiempo aquí se ha agotado — dije, dándole la espalda para dirigirme a la salida.

Llegué a la Mansión Tsukasa con el tiempo pisándome los talones. Crucé la puerta, subí las escaleras de dos en dos y me encerré en mi habitación. El vapor inundó el baño mientras el agua caliente golpeaba mi espalda, llevándose el rastro del sudor, el olor al incienso del dojo y la fatiga del combate.

Al salir, ignoré el traje a medida que me habían preparado sobre la cama. Por una vez, quería sentirme dueño de mi propio cuerpo antes de que mi vida pasara a manos de una desconocida.

Elegí unos Jeans oscuros desgastados y una camiseta negra de algodón simple. Nada de seda, nada de bordados de clan. No me molesté en aplicar gel ni en recoger mi cabello como siempre. Dejé que las hebras húmedas cayeran rebeldes sobre mi frente, dándome un aire casi irreconocible, más joven y, a la vez, más peligroso.

Tome mis cosas y sali de la mansión Tsukasa.​ El coche negro frenó en seco frente al hangar privado del aeropuerto. Al bajar, el viento de las turbinas me golpeó el rostro. Allí, bajo la sombra del imponente avión con insignias europeas, estaban mis padres.

A su lado, dos figuras rompian la armonía del cuadro; el escolta italiano. Vestía un traje gris ceniza de un corte tan impecable, pero su actitud distaba mucho de la sumisión de nuestros guardias. En él no había reverencias ni gestos ensayados; solo una mirada evaluadora, fría y directa, mientras su mano descansaba con una calma inquietante sobre su traje costoso. Emanaba una elegancia peligrosa, pulida hasta el último detalle. Mientras que el otro, a diferencia de su compañero, este no era joven ni lucía barba, pero tampoco poseía esa elegancia natural del otro.

— Llegas tarde, hijo — dijo mi padre, recorriendo con desaprobación mi ropa informal y mi cabello desordenado.

El italiano dio un paso al frente, rompiendo el círculo familiar. Su sonrisa era cordial, pero sus ojos no reían.

—Benvenuto — Soy Alessandro Mancuso, primo de su prometida — habló en italiano. Lo entendí a la perfección. Como heredero del clan, mi educación no había dejado espacio para el azar; dominaba varios idiomas para negociar en cualquier rincón del mundo.

Asenti con seriedad fingiendo no entender, sin apartar la vista de aquel hombre que afirmaba ser el primo de mi prometida. Alessandro emanaba un aura cargada de peligro, una vibración que mi instinto detectó al instante; su rostro amable no era más que una máscara de cortesía europea, una fachada cuidadosamente construida para ocultar al depredador que llevaba dentro.

Subimos la escalinata del avión en silencio, roto solo por el rugido sordo de las turbinas listas para el despegue. Si el exterior del avión era imponente, el interior era un santuario de exceso italiano; acabados en madera fina, cuero cosido a mano y una iluminación cálida.

A mis padres los acomodaron en la sección principal, donde dos azafatas con movimientos rápidos les ofrecieron copas de cristal de Murano y toallas calientes. Alessandro se movía con la propiedad de un dueño, pero mantenía una distancia respetuosa.

—Prego, pónganse cómodos — dijo Alessandro, haciendo una señal hacia los asientos de piel — El vuelo a Italia es largo y quiero que su primera experiencia con nuestra familia sea... placentera.

A su lado, un hombre de aspecto gris y expresión neutra dio un paso al frente. Era el intérprete, una pieza necesaria para mis padres, que no compartían mi facilidad con los idiomas.

— El señor Mancuso les da la bienvenida —tradujo el hombre con una voz monótona, vertiendo las palabras al japonés con una precisión académica — Dice que es un honor escoltar a la familia Tsukasa y que no les faltará nada durante el trayecto.

Mis padres asintieron con la rigidez habitual, manteniendo su fachada de acero mientras el intérprete seguía mediando cada cortesía. Yo, por mi parte, me hundí en uno de los asientos apartados, observando cómo Alessandro intercambiaba una mirada rápida con el traductor.

El vuelo se prolongó durante quince horas, con dos escalas técnicas para abastecer combustible. Eran las 15:20p.m cuando finalmente aterrizamos en el aeropuerto de Calabria. Mientras descendíamos por la escalinata, Alessandro nos explicó el itinerario; nos dirigiríamos a su villa para descansar, seguido de una cena a las 7:00p.m. Allí conocería a Luigi Mancuso y a su hija, mi prometida, apenas unas horas antes de nuestra boda.

Subimos en un vehículo de una elegancia soberbia, escoltados por una caravana de guardias. Mientras Alessandro conducía hacia Vibo Valentia, hablaba con orgullo sobre los paisajes de su Italia, siempre con el intérprete mediando entre nosotros. Observé por la ventanilla; el terreno escarpado y los tonos ocres de Calabria eran un mundo aparte de la pulcritud tecnológica de Kobe. Mis padres, impasibles, solo escuchaban la voz monótona de la traducción.

Una tiempo después entramos en Vibo Valentia, deteniéndonos frente a la villa de Alessandro. El lugar era un despliegue de lujo despampanante; era evidente que el italiano no escatimaba en comodidades. Él mismo nos guio por los pasillos hasta nuestras habitaciones, mostrando una cortesía impecable al dejar al intérprete a nuestra entera disposición.

Tras despedirse, mis padres se retiraron a su habitación y yo me encerré en la mía. Me acerqué a la ventana, que ofrecía una vista privilegiada del puerto. Desde aquella altura, Vibo Valentia parecía una ciudad costera sumida en una paz silenciosa. Respiré hondo, dejando que el aire llenara mis pulmones antes del encuentro inevitable con el jefe de la 'Ndrangheta.

Minutos después, tras una ducha rápida, me preparé para la cena. Elegí un traje negro de corte impecable que se ajustaba a mis hombros como una armadura moderna, y peiné mi cabello hacia atrás con precisión. Al salir, encontré a mis padres listos; mi madre lucía un Qipao chino elegante en color azul, resaltando su belleza mientras que mi padre, por primera vez, había sustituido su vestimenta habitual por un traje de sastrería refinada.

Salimos puntuales escoltados por Alessandro. El destino era un lugar llamado L'Approdo, un rincón de exclusividad con vista al mar. Allí, nos esperaba el jefe de la 'Ndrangheta, el hombre a quien todos llamaban con temor y respeto "Il Supremo".

Busqué con la mirada a mi prometida, pero no la vi por ninguna parte.

Fuimos recibidos con una mezcla de protocolo y calidez mediterránea; reverencias cortas seguidas de besos en las mejillas, un gesto de hermandad italiana al cual no estábamos acostumbrados. Nos sentamos a la mesa principal junto a Luigi y el intérprete, mientras Alessandro se retiraba discretamente a una mesa secundaria, dejándome frente a frente con el patriarca.

Mientras mi padre y Luigi discutían negocios a través del intérprete, mi atención se centró en Alessandro. Lo observaba; estaba inquieto, realizando llamadas con una urgencia que intentaba camuflar tras su elegancia. Finalmente, se acercó a Luigi y le susurró unas palabras al oído.

El rostro de "Il Supremo" se endureció, antes de obligarse a recuperar la compostura. Con un gesto de disculpa, se dirigió a nosotros.

— Debo pedirles perdón — anunció — Mi hija Elettra, no podrá acompañarnos esta noche. Asuntos imprevistos de la organización requieren su atención inmediata.

Mi padre recibió la noticia con un silencio frío. Como líder tradicional, el desplante de la futura heredera era una falta de respeto, pero como estratega, no podía cuestionar la prioridad de los negocios. Tras un breve intercambio, mi padre pidió retirarse a la villa para descansar. Luigi, en un gesto de buena voluntad para compensar el inconveniente, decidió escoltar a mis padres personalmente.

— Yo llevaré a Takeshi — intervino Alessandro, cruzando una mirada rápida con su tío.

Luigi asintió y se retiró con mi familia. Me quedé a solas con Alessandro bajo las luces tenues del lugar. Él me estudió un momento antes de romper el silencio.

— He notado que no necesitas al intérprete para saber exactamente lo que estoy diciendo — soltó en un italiano fluido, observando mi reacción.

— Qué observador eres — respondí en su propio idioma.

Alessandro soltó una carcajada vibrante y me puso una mano en el hombro con una familiaridad.

— Vaya, eres una caja de sorpresas, Takeshi — dijo, sonriendo de medio lado — Escucha, mañana te casas y no has tenido una despedida de soltero. ¿Qué te parece si vamos a un lugar más privado a beber algo?

— No me parece una mala idea — respondí, manteniendo el tono neutral — pero quiero estar sobrio mañana. No es el tipo de ceremonia en la que uno quiera tener los reflejos lentos.

Alessandro soltó un bufido divertido, casi suplicante, mientras me instaba a caminar hacia su coche.

— Solo serán un par de copas, te lo aseguro. Considerémoslo una inversión; así nos conocemos un poco mejor antes de que pases a formar parte oficialmente de la familia. Al fin y al cabo, a partir de mañana seremos primos, ¿no?Fuimos a un club exclusivo propiedad del clan, un lugar subterráneo envuelto en luz tenue y aroma a tabaco caro. Alessandro pidió una botella del mejor whisky y llenó dos vasos de cristal.

— Por la familia — brindó, mirándome con una mezcla de respeto y malicia — Dime la verdad, Takeshi, ¿estás preparado para casarte?

— Estoy preparado para un contrato — respondí, saboreando el licor sin perder la compostura — Pero tu prima parece tener sus propios planes al no presentarse hoy.

Alessandro bebió de un trago y se inclinó hacia mí, bajando la voz.

— Ella es una tormenta. No esperes una esposa dócil; Elettra no acepta órdenes, y ya lo comprobaste hoy — Bebí el resto de mi copa en silencio. El aviso estaba dado.

Después de la segunda copa, el cansancio acumulado de las quince horas de vuelo comenzó a pesar más que el alcohol. Alessandro, notando mi gesto, no insistió más. Regresamos a la villa en un silencio cómodo.

Al llegar, nos despedimos con un breve asentimiento en el vestíbulo. Subí a mi habitación, cerré la puerta y me despojé de la chaqueta del traje, lanzándola sobre una silla. Me apoyé en el marco del ventanal, observando cómo las luces del puerto se apagaban una a una.

Mi mente, sin embargo, se negaba a descansar. Elettra Mancuso.

Repetí el nombre en mi cabeza, tratando de darle un rostro que no tenía. Había crecido entrenando para enfrentar enemigos visibles, para leer el movimiento de una mano sobre una katana o la intención en una mirada. Pero ella era un fantasma, una ausencia que pesaba más que cualquier presencia. ¿Sería tan gélida como el nombre sugería? ¿O tan indomable como Alessandro me había advertido?

Me acosté mirando al techo, con la respiración pausada. Mañana, al amanecer, el nombre dejaría de ser un concepto para convertirse en mi destino. Con esa última idea, el sueño finalmente me alcanzó.

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