EMANUELE MANCUSO
— Hola — saludé, mirandolos fijamente desde el gran sillón. El asombro seguía congelado en sus rostros — Les aseguro que no soy un fantasma —añadí con una frialdad cortante.
Vittorio se acercó, tomo mi rostro entre sus manos y me abrazó.
— ¡Estás aquí! — exclamó, incrédulo. Me puse en pie para estrecharlo contra mí antes de avanzar hacia Alessandro, que seguía paralizado.
— Emanuele — dijo, como si pronunciar mi nombre fuera lo único que su mente le perm