El cielo nocturno bastante estrellado. El humo del incienso flotaba en el aire del dojo Yamaguchi, moviéndose entre las vigas de madera. Mi padre, el Kumicho Shinobu Tsukasa, permanecía sentado en posición seiza, con la espalda recta, en su habitual kimono negro. El jingasa en su cabeza proyectaba una sombra sobre su rostro, el emblema del clan, "el mon dorado".A su derecha, yo sentía el peso de mi propio linaje. Un mechón de pelo caía sobre mi ojo izquierdo, ocultando parte de mi visión, pero no necesitaba ambos ojos para sentir la determinación de Noboru. El iniciado estaba allí, frente a nosotros, con la piel aún virgen de tinta y una determinación en su mirada. El maestro de ceremonias colocó una pequeña mesa de madera lacada entre el Oyabun y el Kobun. Sobre ella, dos copas de cerámica blanca y una botella de sake. El Kumicho rompió el silencio. Su voz, era como un estruendo que llenaba el dojo. —Noboru — dijo mi padre, sin mover un solo músculo — El mundo exterior vive ba
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