La mañana siguiente a la gala, el recuerdo del beso en el balcón seguía latiendo en mis labios como una promesa que el destino se había negado a cumplir. Había dormido mal, dando vueltas en la cama, preguntándome si Yerald sentiría lo mismo, si aquel momento había sido solo el eco de un amor que ya no existía.
Pero no tuve tiempo de reflexionar. El timbre de la puerta principal resonó en toda la mansión, y escuché la voz de Thiago, que gritaba desde el jardín.
—¡Mamá! ¡Mamá, ven rápido!
Bajé la