CAPÍTULO 32: LA HEREDERA

Los días siguientes a mi llegada a la mansión Pierro fueron un torbellino de emociones y descubrimientos. Mi abuela, Doña Adelaida, no perdía oportunidad de abrazarme, como si temiera que desapareciera si soltaba sus brazos. Thiago, por su parte, se había adaptado con una facilidad que me llenaba de asombro. Corría por los jardines, exploraba cada rincón de la mansión y había establecido una complicidad inmediata con su bisabuela.

—Es igual que tu padre —decía mi abuela, observándolo jugar—. Ti
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