Tres años habían pasado desde aquella tarde en que crucé la puerta de la mansión Valtierra con el corazón roto y la dignidad como única compañía. Tres años de transformación, de aprendizaje, de reconstruir mi vida desde las cenizas. Ahora, sentada en el asiento trasero de un elegante coche negro que recorría las calles de la ciudad, ya no era Mireya Solís, la viuda pobre que había firmado un contrato para salvar a su hijo. Era María Pierro, la heredera de un imperio, una mujer poderosa que habí