Mundo ficciónIniciar sesiónNARRADOR OMNISCIENTE
La medianoche del viernes cayó con un silencio sepulcral, pero cargado de una electricidad ominosa. El pueblo parecía dormir bajo el yugo del sofocante calor veraniego, pero en el aire flotaba la certeza de que el tiempo se escurría como arena entre los dedos. Quedaba poco menos de una semana para el regreso del párroco titular y la partida definitiva de Damián.
La desesperación, alimentada por el cerco invisible que la señora Marta seguía tejiendo en la plaza, había empujado a los amantes más allá de cualquier límite racional. Ya no buscaban el resguardo de las oficinas ni el secreto de la sacristía. La inminencia del fin los arrastraba hacia el corazón mismo del santuario.
Elena cruzó el pasillo lateral de la iglesia descalza, con los zapatos de cuero en una mano y la llave en la otra. El suelo de piedra, frío y liso, enviaba oleadas de realidad a su cuerpo tenso. Vestía un vestido de seda blanca, ligero y holgado, abotonado por delante. Debajo de la tela no llevaba absolutamente nada. La corriente de aire del templo pegaba la seda a sus pechos firmes y a sus muslos, erizándole la piel con una mezcla de anticipación erótica y terror puro.
Al llegar al presbiterio, la luz de la luna llena que se filtraba por el enorme rosetón superior iluminaba el altar mayor con destellos plateados y azulados. Allí, recostado contra el gran crucifijo de madera tallada, se erguía la silueta masiva del Padre Damián.
Seguía vistiendo la sotana negra, pero el cuello clerical estaba completamente abierto y las mangas recogidas. No estaba rezando; mantenía los brazos cruzados sobre el pecho musculoso, con los ojos negros inyectados con la fijeza de la obsesión, esperando a su pecadora en la penumbra.
Al escuchar el leve roce de los pies de Elena contra el mármol, Damián giró la cabeza. No hubo palabras de saludo. El magnetismo animal que los unía anulaba cualquier necesidad de diálogo.
Él avanzó dos pasos implacables, atrapándola por la cintura con sus manos grandes y venosas, atrayéndola con brusquedad hacia su cuerpo. El olor a incienso, cera y a la masculinidad densa y limpia de Damián la embriagó al instante.
—Estás loca por venir aquí, Elena —susurró él con su barítono rudo, rozando sus labios con una prisa hambrienta—. Marta ha estado rondando la manzana hasta tarde.
—Si me voy a condenar, Damián, quiero que sea en lo más alto —respondió ella en un hilo de voz, desabotonando los primeros broches de su vestido blanco para permitir que las manos del sacerdote entraran en contacto directo con su piel desnuda.
Un gruñido bajo y animal escapó del pecho del hombre. Sin preámbulos, la tomó por las caderas con una fuerza física imponente y la alzó de un solo tirón, sentándola directamente sobre la pesada mesa del altar menor, el espacio de mármol pulido reservado para los vasos sagrados.
El contraste de la piedra helada contra los glúteos desnudos de Elena la hizo soltar un jadeo agudo que reverberó en las bóvedas altas del templo.
Damián abrió las hojas del vestido de seda, dejando su anatomía completamente expuesta a la luz plateada de la luna: su busto turgente con los pezones rígidos, la cintura estrecha y la humedad evidente que ya brillaba entre sus piernas abiertas.
Él no perdió un segundo. Apartó la tela basta de su sotana, liberando su hombría enorme, gruesa y completamente erecta, marcada por venas que latían con el pulso salvaje de su propia urgencia.
Sujetó los muslos firmes de Elena, abriéndolos de par en par hasta fijarlos a los lados de su cintura alta, y se introdujo de una sola embestida brutal, profunda y explícita.
Un alarido de puro placer y dolor sordo fue contenido a medias en la garganta de Elena cuando Damián la penetró hasta la raíz. La plenitud de su grosor la estiró al límite, quemándola por dentro en un vaivén frenético que comenzó de inmediato.
El ritmo que impuso el sacerdote sobre el mármol sagrado fue despiadado, rítmico y posesivo; cada impacto de sus caderas hacía que la espalda de la joven rozara la piedra, un vaivén sucio y desesperado que desafiaba la santidad del lugar. El eco húmedo de la fricción de sus cuerpos y los gemidos ahogados de la organista empezaron a llenar las sombras del templo vacante.
Sin embargo, en el momento más intenso del acto, cuando la tensión en el vientre de Elena se acumulaba con la fuerza de un terremoto inminente, un sonido seco rasgó la paz sepulcral de la iglesia.
El eco metálico de la cerradura de la puerta principal, la gran puerta de madera que daba a la plaza, resonó en toda la nave central.
El mundo se congeló en un segundo de terror absoluto. Damián se detuvo en seco dentro de ella, con la hombría aún enterrada hasta el fondo de su intimidad palpitante.
Su mandíbula se tensó tanto que las venas del cuello parecieron a punto de estallar. Elena abrió los ojos por completo, con las pupilas dilatadas por el pánico puro, deteniendo el aire en sus pulmones.
A través de las rendijas de las puertas principales, se divisó el destello tembloroso de una linterna de mano. Y luego, las voces.
—Le digo que vi una luz extraña en el rosetón, sacristán —la voz chillona, inconfundible y gélida de la señora Marta cortó la penumbra del templo como una cuchilla—. Esos dos deben estar aquí dentro. Lo presiento en el alma. Busque en los bancos.
—Señora Marta, es muy tarde, la iglesia debería estar cerrada —respondió el sacristán con voz adormilada, pero sus pasos pesados comenzaron a avanzar por el pasillo lateral, acercándose lentamente hacia el presbiterio.
El peligro era extremado. Si los atrapaban en esa posición, sobre el mármol, desnudos y unidos en el sacrilegio, sus vidas estarían destruidas para siempre.
Damián reaccionó con la velocidad y la frialdad. Sin hacer el menor ruido, se deslizó fuera de Elena. La pérdida de su calor le provocó a la joven un estremecimiento, pero él le tapó la boca con su mano grande y venosa antes de que pudiera emitir el menor quejido.
Con su brazo libre, la tomó por la cintura, la bajó del altar y la arrastró con brusquedad hacia la oscuridad total que se ocultaba detrás del monumental retablo de madera tallada que adornaba el fondo del ábside.
Se pegaron contra la pared de piedra fría, ocultos en un espacio de apenas cincuenta centímetros de ancho. Damián cubrió el cuerpo completamente desnudo de Elena con la tela pesada y basta de su sotana negra, envolviéndola en su capa protectora.
Ella pegó la frente y la boca contra el pecho velludo y musculoso del sacerdote, mordiéndose los labios con una fuerza que le hizo probar la sangre, usando las manos de Damián sobre las suyas para ahogar la respiración asmática y desbocada que amenazaba con delatarlos.
La luz de la linterna de la señora Marta barrió el presbiterio. El haz de luz blanca pasó a escasos centímetros del borde del retablo, iluminando la mesa del altar menor donde aún flotaba el rastro húmedo y brillante de sus fluidos mezclados.
El silencio era tan espeso que Elena podía escuchar el latido salvaje e irregular del corazón de Damián golpeando contra sus costillas, y el roce caliente de su hombría, que aún se mantenía erecta y pulsante contra su muslo, un recordatorio físico de que el deseo seguía vivo incluso bajo la sombra de la destrucción.
La adrenalina de la situación, el miedo a ser expuestos ante todo el pueblo y la cercanía de sus cuerpos sudorosos bajo los hábitos desató una ola de excitación prohibida, enferma y devastadora en el vientre de la joven.
—Aquí no hay nadie, señora Marta —dijo el sacristán, su voz sonando a pocos metros del escondite—. Mire, todo está en orden. Habrá sido un reflejo de los faroles de la plaza en los vitrales. Vámonos, por favor.
La señora Marta guardó silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Escucharon el crujido de sus zapatos merodeando cerca del altar, el sonido de su respiración desconfiada buscando el olor del pecado.
—Está bien... —gruñó finalmente la anciana con evidente frustración—. Pero voy a vigilar este lugar día y noche. Sé que hay una mancha en esta parroquia, y la voy a limpiar.
Los pasos de ambos comenzaron a alejarse por el pasillo central, seguidos por el sonido sordo de la gran puerta de madera cerrándose y el giro definitivo de la llave.
Solo cuando el silencio absoluto volvió a reinar, Damián apartó la mano de la boca de Elena. Ambos estaban empapados en un sudor espeso y frío. Los ojos negros del sacerdote brillaron con una chispa de pura demencia carnal en la oscuridad del retablo; el peligro extremo, lejos de aplacar a la bestia, la había vuelto completamente indomable.
Sin decir una palabra, la sujetó por las muñecas, fijándolas contra la piedra fría de la pared trasera, la obligó a ponerse de espaldas y, levantando la seda de su vestido blanco, se hundió en ella desde atrás con una embestida brutal, ruda y liberadora que los arrastró de golpe al fondo del abismo.







