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Capítulo 13: El Anuncio del Fin

NARRADOR OMNISCIENTE 

El zumbido de los ventiladores de techo de la casa parroquial era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de la mañana de martes. El calor de finales de junio parecía haberse concentrado en las paredes de piedra del edificio, convirtiendo el aire en algo pastoso, difícil de respirar. 

Detrás de su escritorio de caoba, el Padre Damián sostenía un sobre de papel Manila con el sello lacrado de la Diócesis Metropolitana. Sus manos grandes, habitualmente firmes y seguras en cada uno de sus movimientos, mantenían una rigidez inusual.

Sus ojos negros leyeron la carta oficial por tercera vez. Las palabras impresas en tinta negra eran concisas, desprovistas de cualquier matiz de duda: el anciano párroco titular de San Judas se había recuperado de su dolencia cardíaca antes de lo previsto por los médicos. 

Su regreso al pueblo estaba programado para dentro de exactamente dos semanas. En consecuencia, la suplencia de Damián quedaba dada por terminada. Al calce del documento, una orden ejecutiva añadía el golpe de gracia: debía reportarse de inmediato en su nuevo destino, una diócesis importante y lejana en el norte del país.

Damián dejó caer el papel sobre la mesa y se recostó en la silla de cuero, que crujió bajo su peso imponente de casi un metro noventa. Una exhalación ruda y pesada escapó de sus labios.

La burbuja se había roto. La adicción carnal y clandestina que había construido entre las sombras del templo, ese rincón de demencia donde Elena se abría para él como una pecadora entregada a su verdugo, tenía una fecha de caducidad irrevocable. Catorce días. 

Ese era el tiempo que le quedaba antes de verse obligado a vestir sus hábitos pulcros, abandonar San Judas y dejar a la organista a merced del pueblo, de los chismes de la señora Marta y del regreso de la normalidad hipócrita de la comunidad.

Una corriente de posesión salvaje, violenta y desesperada le recorrió la espina dorsal. Pensar en Elena volviendo a su rutina recatada, o peor aún, siendo presionada nuevamente por la beata mayor para aceptar los galanteos de hombres como el ingeniero Carlos, le revolvió las entrañas con la fuerza de un monstruo dormido. No podía permitirlo. Su mente, antes gobernada por la estricta disciplina militar de su formación clerical, ahora solo funcionaba bajo el dictado de una obsesión que ya no conocía límites ni salvación.

En ese mismo instante, el crujido de la puerta trasera de la oficina parroquial anunció su llegada. Elena entró sin llamar, deslizándose como una sombra asustada. Vestía un vestido de algodón azul oscuro, abotonado hasta la barbilla, y su cabello castaño chocolate estaba recogido en el moño estricto de siempre. 

Sin embargo, su rostro estaba pálido, y sus ojos avellana, habitualmente encendidos de deseo cuando cruzaban ese umbral, reflejaban una agitación profunda. Las advertencias de la señora Marta de la tarde anterior la habían mantenido despierta toda la noche.

—Damián... —articuló en un susurro trémulo, cerrando la puerta con pestillo a sus espaldas—. La plaza está llena de ojos. Marta está apostada en la esquina de la panadería. Siento que cada paso que doy es una declaración de culpa.

El sacerdote no respondió de inmediato. Se levantó de la silla con la lentitud imponente de un depredador, permitiendo que su silueta masiva dominara la habitación. Caminó hacia ella, tomó el papel de la diócesis que descansaba sobre el escritorio y se lo extendió sin pronunciar palabra.

Elena tomó la hoja con dedos temblorosos. A medida que sus ojos recorrían las líneas oficiales, el poco color que quedaba en sus mejillas se evaporó por completo. El documento tembló entre sus manos y su pecho comenzó a subir y bajar con una prisa asmática bajo la tela del vestido azul.

—Dos semanas... —susurró, levantando la mirada hacia él, con las pupilas dilatadas por un pánico puro que no tardó en transformarse en una urgencia desesperada—. Te vas, Damián. Me vas a dejar aquí sola. Con ellos. Con el recuerdo de lo que pasamos... de cómo me enseñaste a necesitarte.

—No te voy a dejar —la voz barítono de Damián sonó ruda, cargada de una vibración tan carnal y posesiva que pareció acortar la distancia entre ambos antes de que él diera un solo paso—. Pero el tiempo se ha terminado, Elena. Ya no tenemos el lujo de seguir viéndonos.

La perspectiva del fin inminente actuó como un detonante letal en el cerebro de ambos. El miedo a perderse, sumado a la adrenalina de ser manchados por los chismes del pueblo, anuló cualquier rastro de cordura. 

La distancia de seguridad que Damián intentaba mantener durante el día se pulverizó. Avanzó un paso decisivo, atrapando a Elena por las caderas con sus manos grandes, atrayéndola con brusquedad contra la firmeza de su anatomía oculta bajo la sotana negra.

Elena soltó un quejido que fue devorado de inmediato cuando la boca de Damián cayó sobre la suya con una violencia hambrienta, destructiva. Fue un beso salvaje, marcado por la rabia de la impotencia y el egoísmo de la posesión absoluta. 

Su lengua invadió la cavidad de la joven con movimientos rudos, reclamándola, recordándole quién era el dueño de cada una de sus respiraciones. Ella se aferró a los hombros anchos de su sotana con una fuerza desesperada, hundiendo las uñas en la tela basta, buscando fundirse con él para desaparecer del mapa de San Judas.

Sin romper el beso, Damián usó una de sus manos fuertes para tirar de la tela del vestido azul de Elena, desabotonando la prenda por el frente con una prisa sucia que hizo saltar un par de broches contra el suelo. 

Abrió la tela, dejando expuestos sus hombros blancos y el sostén de encaje negro que ella llevaba debajo, un testimonio secreto de la sumisión que guardaba para él. Sus dedos largos se hundieron en la carne de sus muslos firmes, levantándola de un solo tirón violento para sentarla sobre el borde del mueble auxiliar donde guardaba los libros de contabilidad de la iglesia.

El impacto de las caderas de Elena contra la madera hizo que un par de carpetas cayeran al suelo con un ruido seco, pero a ninguno de los dos le importó. Damián se posicionó entre sus piernas abiertas, arrastrando las faldas de la joven hacia arriba, exponiendo las medias y la lencería oscura al calor sofocante del despacho.

—Mírate... —gruñó Damián contra su cuello, dándole un mordisco áspero en la base de la garganta que la hizo gemir de placer—. Tiemblas de miedo por las viejas de la plaza, pero estás empapada por mí. Eres mi maldita pecadora, Elena, y voy a consumirte hasta que no te quede una sola gota de voluntad para nadie más.

—¡Hágalo! —gimé ella, arqueando la espalda sobre los libros dispersos, perdiendo el sentido del peligro—. No me importa lo que diga Marta, no me importa el pueblo... no me deje ir, Damián. Pruébeme otra vez.

Con un movimiento fluido y cargado de una urgencia, Damián abrió la parte delantera de su sotana, liberando su hombría erecta, gruesa y pulsante, que ya exigía su territorio con venas marcadas por el pulso de su propia furia carnal. 

Sujetó a Elena con firmeza de los glúteos, elevándola apenas unos centímetros para alinear sus cuerpos, y sin preámbulos se introdujo en ella de una sola embestida profunda, brutal y directa que la llenó por completo.

Un grito agudo escapó de la garganta de Elena, un sonido de pura plenitud y deliciosa agonía que Damián ahogó de inmediato pegando su palma grande sobre la boca de la joven.

—Silencio —le ordenó con su barítono más áspero, con los ojos negros fijos en los suyos, inyectados en sangre por el esfuerzo de contenerse—. Las ventanas de la casa parroquial están entornadas y el eco de la plaza llega hasta aquí. Si nos descubren por tus gritos, Elena, nos destruirán a los dos. Trágate cada gemido. Quiero ver cómo te rompes en silencio bajo mi cuerpo.

Elena asintió con la mirada nublada por las lágrimas de la excitación. Mantuvo su propia mano reforzando el agarre de la de Damián sobre sus labios, cerrando los ojos con fuerza mientras él comenzaba a moverse.

El ritmo que impuso el sacerdote fue frenético, rápido y rico, un vaivén explícito y desesperado impulsado por el anuncio del fin de su suplencia. 

Cada golpe de sus caderas era rítmico, una presión implacable que hacía cruzar la madera del mueble contra la pared de piedra con un chirrido peligroso. La tela basta de su sotana negra rozaba con brusquedad la piel sensible de los muslos internos de Elena con cada penetración profunda, un contraste carnal que la volvía loca por dentro.

La fijeza de la obsesión gobernaba el despacho. Damián la follaba con una rudeza posesiva, buscando grabar su anatomía en el interior de la muchacha, estirándola al límite de su capacidad, saboreando el control absoluto que ejercía sobre su placer retenido. 

Los gemidos ahogados de Elena morían contra sus palmas, transformados en vibraciones calientes que le quemaban la piel de las manos, mientras sus caderas se elevaban por puro instinto para recibir el castigo que él le imponía.

Pasaron los minutos en una agonía febril, un torbellino de sudor mezclado y respiraciones contenidas que volvieron el aire del despacho irrespirable. La tensión en el vientre de Elena se acumuló con la violencia de un terremoto inminente; sentía las pulsaciones en todo el cuerpo, el corazón golpeándole las costillas de forma descontrolada. Estaba al borde del colapso físico.

—Vas a recibirlo todo... —le susurró Damián al oído, acelerando las embestidas con una fuerza animal, perdiendo el último rastro de su habitual contención—. Todo lo que este pueblo hipócrita te prohíbe. Eres mía, Elena. Mía en esta vida y en el infierno.

El clímax golpeó a la joven de frente, una descarga eléctrica que le congeló los músculos de las piernas y provocó que su interior se contrajera espasmódicamente alrededor de la virilidad de Damián en oleadas devastadoras. 

Al sentir las contracciones salvajes de su sumisión, el sacerdote soltó un gruñido rudo, animal, dio dos embestidas brutales que la hundieron contra la madera y se corrió profundamente dentro de ella, derramando su semilla cálida en una descarga larga, densa y posesiva.

Ambos quedaron abrazados en mitad del despacho revuelto, jadeando en un silencio cargado de electricidad. El peligro acechaba afuera, el fin de las dos semanas ya estaba en marcha, pero en ese instante de sudor y profanación, el mundo exterior no era más que un eco insignificante frente al monstruo de su adicción.

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