Helena no era ingenua.
Sabía exactamente cuándo acercarse.
Esperó a que la oficina se vaciara un poco, a que las luces quedaran en modo nocturno y el ambiente se volviera más íntimo sin proponérselo. Adrián revisaba unos documentos cuando ella apareció en el marco de la puerta, segura, impecable, consciente de cada paso.
—¿Tienes un minuto? —preguntó, sin esperar realmente una respuesta.
Entró y cerró la puerta con suavidad.
—Claro —respondió Adrián, sin levantar la vista—. ¿De qué se trata?
He