El primer sonido que Valeria reconoció fue el pitido constante de una máquina.
Rítmico. Frío. Insoportablemente real.
Le pesaban los párpados, como si abrirlos fuera un acto prohibido. Cuando finalmente lo hizo, la luz la obligó a parpadear varias veces. El techo blanco. El olor a desinfectante. El cuerpo cansado… vacío.
Y luego, las voces.
—…está reaccionando —dijo alguien.
Valeria giró apenas la cabeza.
Allí estaban.
Adrián, a un lado de la cama, rígido, con el traje arrugado y los ojo