El hospital olía a desinfectante y a malas noticias.
Adrián cruzó las puertas automáticas con el corazón desbocado, todavía con la ropa del viaje, el cansancio marcado en el rostro y los ojos enrojecidos de no haber dormido ni un minuto desde que subió al avión.
—Valeria —dijo apenas llegó al mostrador—. Valeria. Vengo por ella.
La enfermera revisó la pantalla, levantó la vista y señaló el pasillo de urgencias.
—Área de observación. Pero… —dudó— hay alguien más con ella.
Adrián no esperó