Danilo
Él llevaba semanas encerrado en la celda contable del cacique, rodeado de cuadernos viejos, hojas arrugadas y números que parecían multiplicarse como sombras. Un rincón de una celda se había convertido en su oficina, un infierno con paredes húmedas donde la contabilidad de negocios turbios era su única manera de mantener la mente ocupada. El cacique entró con su andar pesado, acompañado de dos guardias que lo miraban con respeto.
—Ceo, me tienes sorprendido —dijo con una sonrisa torcida—