Angie
Ella estaba en la sala, con la mirada fija en el suelo, mientras su madre la observaba con ese gesto severo que siempre la hacía sentir pequeña.
—No vayas —dijo la madre, con voz firme—. No te arrastres, no seas migajera. Ese hombre no merece ni tu visita ni tus lágrimas.
Angie levantó la cabeza, con los ojos brillando de rabia contenida.
—Madre, ya soy adulta para tomar mis propias decisiones. No voy para arreglar nada, ni para mendigar amor. Voy porque necesito que me deje en paz. Ademá