Danilo
Él salió del calabozo arrastrado por el guardia que lo extorsionaba. El aire del pasillo le golpeó como un látigo fresco, y por un instante pensó que la vida le estaba dando una tregua. El guardia Abello lo trataba con una extraña cordialidad, casi paternal.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Danilo, con la voz quebrada, sospechando que se burlaban de él.
El guardia soltó una carcajada breve, como quien no puede contener la alegría.
—No me río de ti, muchacho. Me río porque me han sucedido cos