Danilo
Él estaba sentado frente al viejo computador del call center de la prisión, tecleando con rapidez mientras inventaba libretos de estafas telefónicas. Sus dedos volaban como si fueran pianistas en un concierto, y cada frase que redactaba era un veneno disfrazado de miel, sin darse cuenta de que el cacique, ese hombre corpulento con tatuajes que parecían serpientes enroscadas, se acercó con una sonrisa que mezclaba amenaza y complicidad. —Felicitaciones, muchacho —dijo con voz grave—. Está