Angie
El cacique los tenía retenidos en aquella sala oscura, con la pantalla encendida como si fuera un altar de revelaciones, allí con las paredes que parecían sudar humedad; el aire olía a tabaco viejo y a secretos podridos. Angie forcejeaba, los guardias la sujetaban de los brazos y Danilo, con el rostro desencajado, trataba de interceder.
—¡Suéltenla! —rugió él, con esa mezcla de autoridad y desesperación que alguna vez le sirvió en las juntas directivas, pero que ahora sonaba más a súplica