La tensión entre Mariana y Andrés era un monstruo silencioso que crecía día tras día, invadiendo cada rincón de su casa, en la oficina . No había gritos frente a Nicolás, no habían discusiones abiertas en el comedor o en la sala, pero las miradas frías, las respuestas cortantes y el dolor contenido se desbordaban cada noche en su habitación, donde ni siquiera compartían la cama.
Y fue en una de esas noches, bajo la tenue luz de la lámpara de la oficina, que Mariana se lo dijo, sin mirarlo ni si