Mariana entró a la oficina de Andrés con una sonrisa radiante, esa que solía iluminar incluso los días más pesados. Sostenía una bandeja con una taza de café humeante entre las manos, caminando con paso firme hacia el gran escritorio de roble donde su esposo hojeaba unos papeles con el ceño ligeramente fruncido.
—Aquí está su café, jefe —dijo Mariana con voz suave, dejándolo con cuidado frente a él.
Se paró erguida frente a Andrés, sus manos cruzadas detrás de la espalda, y añadió con profesion