La oficina de Brith estaba sumida en un silencio sepulcral. Sentado en su silla de cuero negro, con la cabeza entre las manos, parecía un hombre al borde del colapso. La culpa y el remordimiento lo consumían como un veneno lento, carcomiendo cada rincón de su mente. Había cerrado la puerta con llave, asegurándose de que nadie pudiera entrar. No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie. Su mundo se había reducido a ese pequeño espacio, donde el aire pesado y el eco de su respiración eran s