"¡Maldita sea!" repitió, esta vez en un susurro ronco, como si la fuerza de su voz se hubiera agotado. Se levantó de golpe, comenzando a caminar de un lado a otro de la oficina, como un animal enjaulado. Sus manos se cerraban en puños y luego se abrían, temblando ligeramente. El sudor comenzaba a acumularse en su frente, y su corazón latía con fuerza, como si estuviera luchando contra algo invisible.
Mientras caminaba, los recuerdos comenzaron a regresar con más claridad, como si su mente estuv