Astrea no sabía que tanto cuchicheaban Kael y la dependienta de la tienda que la miraba de arriba hacia abajo, como si fuera un bicho raro. Sin embargo, aprovechó para llamar a su madre. Pero, enseguida que dio el primer repique, se arrepintió, resignada, cerró los ojos.
—Hola, cariño —la voz dulce de su madre la calmó, pero hablaba en susurros.
—¿Estás bien, mamá? —quiso saber inmediatamente.
—Sí, por supuesto…
—Entonces, ¿por qué susurras?
—¿Por qué será? —replicó su madre, y juró que casi