Eva despertó sobresaltada, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo desbocado contra su pecho. La imagen de aquellos ojos rojos, brillantes como brasas en la oscuridad, seguía grabada en su retina. Había estado observándolos desde la ventana, vigilantes, hambrientos. No había sido un sueño.
Se incorporó en la cama y miró hacia la ventana. La luz del amanecer se filtraba tímidamente entre las cortinas, pero el recuerdo de la noche anterior permanecía intacto, aterrador. Buscó a Luci