La tormenta llegó sin aviso, como un animal hambriento que devoraba el cielo. Eva observaba desde su ventana cómo las nubes negras se tragaban los últimos vestigios de luz, mientras el viento azotaba los árboles con furia desmedida. Las gotas de lluvia golpeaban el cristal como si quisieran romperlo, como si buscaran entrar para arrastrarla hacia afuera.
Un relámpago iluminó brevemente la habitación, seguido por un trueno que hizo temblar las paredes. Y entonces, la oscuridad. Total. Absoluta.