El coche no olía a nada. Sin colonia demasiado fuerte, sin algo puntiagudo colgando del espejo. Solo limpio y cálido y silencioso.
Isabella se sentó con las manos cruzadas en el regazo y observó cómo la ciudad se adelgazaba en campos y luego en las siluetas oscuras de las colinas. Leo conducía como hacía todo ahora, sin prisas, ambas manos sueltas en el volante. No llenaba el silencio. También había aprendido eso, en algún lugar del último año, a lo que ella suponía que era un coste real.
Duran