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EL ARREPENTIMIENTO DE MI ESPOSO POR CONTRATO
EL ARREPENTIMIENTO DE MI ESPOSO POR CONTRATO
Por: Ashford
CAPÍTULO 1 — La Mujer a la Que Nunca Mira Dos Veces

El café se derramó por el borde de la taza cuando Isabella se detuvo frente al dormitorio de su esposo.

La risa de una mujer llegó desde la puerta entreabierta.

Ella se quedó inmóvil.

Leonardo nunca se reía. No en las reuniones de la junta directiva. No en las cenas benéficas. No en casa. No con ella.

Sin embargo, volvió a escucharlo.

Una risa baja, cálida y natural.

La risa de un hombre que no cargaba con el peso de un matrimonio por contrato.

—Camila —dijo Leonardo.

Aquel nombre cayó en el pasillo como un golpe.

Los dedos de Isabella se aferraron a la bandeja de plata hasta que los nudillos le dolieron. Debería haberse marchado.

No lo hizo.

Dentro de la habitación, la voz de Leonardo se suavizó de una manera que ella jamás había escuchado en veintidós meses viviendo bajo el mismo techo.

—Te preocupas demasiado.

Hubo una pausa.

Después, una risa tranquila.

—Ella no es un problema. Solo está cumpliendo un papel. Eso es todo lo que ha sido.

La taza tembló sobre el platillo.

Isabella bajó la mirada hacia sus manos.

Estaban temblando.

Ni siquiera había notado cuándo había empezado.

La mujer al otro lado de la llamada habló con una voz suave, casi juguetona.

—¿Y cuando todo termine?

Siguió un breve silencio.

Entonces la voz de Leonardo regresó, más baja esta vez. Cómoda. Relajada.

La voz de un hombre que estaba haciendo una promesa que ya había decidido cumplir.

—Dos meses más. Después todo volverá a la normalidad.

Otra pausa.

—Yo también te extraño.

Isabella dejó de respirar.

Veintidós meses.

Veintidós meses levantándose antes del amanecer.

Veintidós meses preparando el café exactamente a las 6:50.

Veintidós meses aprendiendo los horarios de un hombre, sus preferencias y sus silencios.

Veintidós meses adaptándose para encajar en una vida que nunca había sido diseñada para incluirla.

Y para él, después de todo aquello, ella era un papel.

Una sustituta.

Una función temporal que expiraría en sesenta días.

Retrocedió un paso.

Luego otro.

La bandeja parecía hacerse más pesada con cada movimiento, como si absorbiera todo aquello que no tenía permitido sentir.

Bajó las escaleras sin hacer ruido.

Vació el café en el fregadero.

Lavó la taza.

La secó.

La colocó exactamente donde debía estar.

Después se sentó a la mesa del comedor y esperó.

Porque esperar era lo único que había llegado a dominar por completo en aquella casa.

Diez minutos después, escuchó pasos bajando las escaleras.

Controlados.

Seguros.

Familiares.

Leonardo apareció en la cocina vestido con un traje gris oscuro. Las mangas perfectamente acomodadas. El cabello ligeramente húmedo.

Sus ojos fueron de inmediato hacia la bandeja vacía.

—No trajiste el café.

—No.

Una leve arruga apareció entre sus cejas.

Se sirvió una taza él mismo.

Tomó un sorbo.

Se detuvo.

Tomó otro.

Algo sutil cambió en su expresión.

No era desagrado.

Era reconocimiento.

Como si pudiera notar la diferencia entre un café preparado por costumbre y uno preparado con dedicación, y acabara de darse cuenta de cuál había estado bebiendo durante los últimos dos años.

—Estás callada —comentó.

—Siempre estoy callada.

Eso pareció satisfacerlo.

O, más exactamente, no le interesó lo suficiente como para insistir.

Tomó su maletín.

Entonces Isabella se escuchó hablar antes siquiera de decidir hacerlo.

—Leonardo.

Él se detuvo junto a la puerta.

Ella no levantó la voz.

No necesitaba hacerlo.

—¿Cómo está Camila?

Tres segundos de silencio.

Uno.

Dos.

Tres.

Lo bastante largos para confirmarlo todo.

Lo bastante cortos para que él se recuperara.

—Esta mañana hablamos de negocios —respondió.

—Por supuesto.

Algo cruzó fugazmente sus ojos y desapareció tan rápido como había aparecido.

—Llegaré tarde esta noche.

—Siempre lo haces.

Leonardo se marchó.

La puerta se cerró con un suave clic.

La casa volvió al silencio.

Pero esta vez el silencio tenía otro peso.

Isabella permaneció sentada durante un largo momento.

Luego se puso de pie y caminó hasta la pared del pasillo donde colgaba un documento enmarcado como si fuera una decoración.

No era una fotografía.

No era un recuerdo.

Era un contrato.

Acuerdo de Beneficio Mutuo.

Cláusula Cuatro: Las apariciones sociales deberán mantenerse.

Cláusula Cinco: No se permite ningún vínculo emocional.

Cláusula Seis: Terminación del acuerdo después de veinticuatro meses.

Quedaban dos meses.

Isabella contempló su propia firma al pie de la página y recordó a la mujer que la había estampado allí.

Desesperada.

Recién destrozada.

Dispuesta a intercambiar dos años de su vida por estabilidad y seguridad después de perderlo todo.

Se había dicho que era temporal.

Se había dicho que no sentiría nada.

Se había equivocado en ambas cosas.

Y había sido demasiado orgullosa para admitirlo hasta aquella mañana.

Su teléfono vibró.

Número desconocido.

Lo observó durante un instante antes de responder.

—¿Isabella Moore?

Era una voz femenina.

Suave.

Calmada.

La voz de alguien que había preparado cuidadosamente aquella conversación.

—Sí.

—Creo que deberíamos conocernos.

Isabella tensó el agarre alrededor del teléfono.

—¿Quién habla?

Hubo una breve pausa.

Casi como si la mujer al otro lado le estuviera concediendo un momento para prepararse.

—Mi nombre es Camila Reyes.

El aire pareció cambiar.

Incluso a través de la llamada, aquel nombre se sintió como presión sobre un moretón cuya existencia Isabella ni siquiera había sabido que tenía.

Giró ligeramente la cabeza hacia las escaleras.

Hacia el lugar donde Leonardo había pronunciado aquel nombre minutos antes como si no le costara nada.

—¿Qué quieres? —preguntó Isabella.

—Quería presentarme.

Pausa.

—Y decirte algo antes de que él lo haga.

—¿Decirme qué?

Camila exhaló suavemente.

—Estuve comprometida con Leonardo antes que tú.

Las palabras cayeron limpias.

Sin dramatismo.

Sin emoción.

Simplemente un hecho, entregado como un documento colocado sobre una mesa.

Isabella no dijo nada.

Camila continuó sin apresurarse.

—Me fui hace tres años. Él quería que me quedara. Yo no quise.

Pausa.

—Cuando regresé, descubrí que estaba casado.

—Conmigo —dijo Isabella.

—Sí.

Aquel tranquilo reconocimiento cayó como una puerta cerrándose en una habitación que Isabella creía abierta.

Bajó la vista hacia su mano, aún aferrada al teléfono, y notó que había dejado de temblar.

Así era el dolor verdadero.

Después del impacto inicial, te dejaba inmóvil.

—No se casó contigo porque te hubiera superado —dijo Camila.

Su voz descendió ligeramente, como suelen hacerlo las voces cuando lo que se dice es demasiado cierto para pronunciarse en tono normal.

—Se casó contigo porque yo no estaba disponible.

La garganta de Isabella se cerró.

Quería discutir.

Quería decir algo cortante y despectivo que terminara la llamada y restaurara la versión de la realidad en la que había vivido veinte minutos antes.

Pero no pudo.

Porque todo encajaba.

Encajaba con la manera en que Leonardo miraba más allá de ella durante las cenas.

Encajaba con la forma en que jamás le había hecho una pregunta personal que no estuviera exigida por el contrato.

Encajaba con la risa que había escuchado tras aquella puerta entreabierta.

Una risa que nunca había sido para ella.

—No te llamé para hacerte daño —dijo Camila.

—Entonces, ¿por qué llamaste?

—Porque mereces saber lo que viene.

Isabella caminó lentamente hacia la ventana.

Afuera, el camino de entrada estaba vacío.

La reja cerrada.

El jardín inmóvil.

Todo parecía exactamente igual que siempre.

Controlado.

Costoso.

Indiferente.

—¿Qué es lo que viene? —preguntó.

Camila no respondió de inmediato.

Su tono cambió y se volvió casi conversacional.

—Todavía conserva mis cosas aquí. Una habitación en el ala este del tercer piso. Alguien la mantiene cada semana.

Pausa.

—La próxima semana volveré a vivir allí. Ya está arreglado. Solo que todavía no te lo ha dicho.

El mundo se detuvo.

—Mira hacia afuera, Isabella —dijo Camila suavemente—. Adelante.

Al principio Isabella no se movió.

Luego algo la impulsó hacia adelante.

Atravesó el pasillo.

Pasó las escaleras.

Llegó a las puertas de cristal de la entrada principal.

Las abrió.

El aire frío golpeó su rostro.

Al final del camino, más allá de la reja de hierro, había un automóvil negro estacionado.

La puerta trasera se abrió.

Una mujer descendió.

Cabello oscuro.

Abrigo rojo.

La clase de postura que nace de saber exactamente cuál es tu lugar en cada habitación a la que entras.

Giró la cabeza.

Miró directamente hacia la casa.

Directamente hacia Isabella.

Y luego levantó su teléfono.

El móvil de Isabella vibró en su mano.

Respondió sin pensar.

—Ahora ya lo sabes —dijo Camila.

La mujer junto a la reja sonrió.

Después levantó la mano en un saludo tranquilo.

Sin prisa.

Como alguien que regresa a casa después de un largo viaje.

Como alguien que en realidad nunca se había ido.

La llamada terminó.

Isabella permaneció de pie en la entrada abierta, con el aire frío acariciando su rostro y el teléfono apretado contra su pecho.

Y comprendió, con una claridad absoluta y terrible, que había pasado veintidós meses construyendo una vida dentro de la sala de espera de otra persona.

Y la persona para quien aquel lugar había sido reservado acababa de llegar.

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