El graznido del cuervo de ojos rojos todavía resonaba en los oídos de Bella cuando el ave se perdió en el horizonte, volando hacia el sur. Ella permanecía en la torre, sintiendo cómo el viento helado de la Manada Golden golpeaba la cicatriz de su mejilla. El animal llevaba consigo la noticia de su existencia, pero Bella ya no sentía miedo. El miedo era una emoción que pertenecía a la mujer que cayó por el acantilado; lo que habitaba ahora en su pecho era un vacío hambriento.
—El mensajero ha partido —dijo Eric, apareciendo tras ella con la silenciosa elegancia de un depredador—. Sofía sabrá que la muerta ha regresado. Pero antes de que decidas tu próximo movimiento, debes conocer la verdad completa de lo que ocurrió aquel día en el río.
Bella se giró, sus ojos azules brillando con una intensidad antinatural.
—Sé lo que ocurrió, Eric. Lucas me destrozó la cara, me abrió el vientre y me lanzó al vacío para que el río borrara sus pecados.
—Eso es lo que tú recuerdas —replicó Eric, acercá