El silencio en el castillo de la manada Golden no era un silencio de paz, sino una tregua tensa entre depredadores. Bella se encontraba en su pequeña habitación, un espacio de piedra fría que, a diferencia de su antigua alcoba de Luna en Bosque de Otoño, no olía a traición ni a perfumes caros, sino a humedad y a la libertad amarga de los desterrados. Se miró las manos a la luz de una vela temblorosa. Todavía podía sentir bajo sus uñas la textura de la carne de Lucas cuando lo destrozó. Había matado al Alfa, había decapitado al hombre que amaba, y sin embargo, el vacío en su pecho no se había llenado. La muerte de Lucas no le devolvió a su hijo, ni borró la cicatriz que le deformaba el rostro.
Sus dedos recorrieron la marca que nacía en su cuello y moría en su mejilla. Sabía que no sanaría. Como humana —o lo que fuera que ella era ahora— no poseía la regeneración milagrosa de los licántropos. Pero algo estaba cambiando. Desde que entró en contacto con la atmósfera cargada de poder de l