El aire en la manada Bosque de Otoño ya no olía a pino ni a libertad; olía a ozono y a carne quemada por el frío del vacío. Bella avanzaba por el camino principal hacia la casa grande, pero no lo hacía con prisa. Sabía que el miedo es un veneno que sabe mejor cuando se administra gota a gota. A su lado, los guerreros Lycan de la manada Golden se movían como segadores, silenciosos y letales, eliminando a cualquier patrulla que intentara oponerse.
Pero Bella no necesitaba ayuda. Con Leo aferrado a su espalda en un arnés de cuero, madre e hijo formaban una entidad de oscuridad absoluta. Cada vez que un guerrero de Bosque de Otoño —aquellos que alguna vez se burlaron de la "Omega inútil"— se cruzaba en su camino, Bella no usaba sus manos. Simplemente dejaba que el niño extendiera sus dedos.
—Ese hombre le pegó a mi mamá —susurró Leo, señalando a un capitán de guardia que temblaba tras un escudo de plata.
—Haz que se arrepienta, pequeño —respondió Bella con una voz que carecía de cualquier